Triste de cebolla o de patria


17 septiembre 2016
Por
Jorge Luis Sánchez B.

Por esos azares indescifrables ayer cayó en mis manos esta frase de Eliezer Budazoff: «La verdadera patria de un hombre no es la infancia: es la comida de la infancia». En razón de que ahora no estoy en la mía (mi patria), no pude dejar de pensar en las Nanas de la cebolla, de Miguel Hernández.

Nanas de la cebolla

Miguel Hernández

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

(Alondra de mi casa
ríete mucho,
que es la risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto,
que mi alma al oírte
bata el espacio.)

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus ojos
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna
defendiendo la risa
pluma por pluma.

(Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera.)

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Miguel Hernández es uno de los poetas más queridos y representativos de la lengua española del siglo XX. También lo es de esa etapa oscura de la historia de España en la que republicanos y fascistas se mataban unos a otros en nombre del Rey y en el de la República.

En esos días duros, sin espacio para la esperanza, Hernández cayó preso por el delito de creer en lo que no creían quienes tenían las armas y el poder. Una traición del dictador de Portugal lo entregó al poder español y permaneció en la cárcel algunos años, donde le perdonaron la pena de muerte y le dieron cadena perpetua.

Allí murió al poco tiempo de haber nacido su segundo hijo. Apenas contaba con 31 años de edad. No pudo respirar más. La bronquitis se transformó en tuberculosis.

En tan poco tiempo acumuló tal cantidad de poesía que todo parece indicar que estaba predestinado a ser un gran poeta a pesar del tiempo y de la cárcel. Es probable también que la cárcel haya sacado a luz toda la literatura de la que un hombre puede ser capaz.

Su esposa lo esperaba en casa con su pequeño hijo. Ya el primogénito había muerto a los pocos días de nacido. En el segundo, Manuel Miguel, estaba toda la ilusión de Miguel Hernández y Josefina Manrresa.

En medio de la más atroz pobreza, mientras él permanecía enfermo en la cárcel, intercambiaba cartas con su señora para saber de la salud y del crecimiento del pequeño. Las noticias no eran buenas. Josefina le escribía que solo contaba con algo de pan y cebolla para comer.

En una de sus cartas, Hernández le respondió: «Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche».

Para mitigar esa indignación, le escribió un poema que no puedo adjetivar porque siempre creo que será insuficiente: Nanas de la cebolla. Se trata de un poema que revela todo el amor de un padre a un hijo, la relación de amor y agradecimiento por la mujer que lo amamanta y la relación amor-odio con el único alimento que los sustenta.

Otros también le han escrito a la cebolla. Con muy buenos resultados además. La cebolla produce canciones, cuentos y poemas. Pablo Neruda escribió unas Odas a la cebolla; Camilo José Cela, un drama de un hombre que le olía el corazón a cebolla. Ambos, premios Nobel.

Algo tiene la cebolla. Pero el caso de las Nanas de Hernández es diferente. Es de una belleza y una profundidad muy superior.

Para entenderlo basta con leerlo, pero si puede, escuche a Joan Manuel Serrat en su versión. Entenderá lo que le digo:

Cuando lea las Nanas, recuerde que el hombre que las escribe fue un niño pastor que devoraba a los poetas a la sombra de un árbol, que nunca perdió sus convicciones políticas y que mientras escribía ese texto estaba en la cárcel y no podía acompañar a la esposa que amamantaba a su niño.

Le agradece, sin embargo, todo su amor y metaforiza sus senos en lunas y escucha la risa del pequeño que «soledades le quita» y «cárcel le arranca»; y además imagina sus diminutos dientes como azahares y «fronteras de futuros besos».

Ilustración realizada por el artista José Rafael Perozo (@joserafaelperozo, www.joserafaelperozo.com), a partir de la pintura 'Madre y niño', de Guayasamín.

Ilustración realizada por el artista José Rafael Perozo (@joserafaelperozo, www.joserafaelperozo.com), a partir de la pintura ‘Madre y niño’, de Guayasamín.

Al final, le pide al niño que no deje de serlo, que no se dé cuenta de lo que ocurre.

Finalmente ese niño que se amamantó con cebolla logró crecer sano, vivir en libertad y conocer la democracia, suerte que ansío para todos los niños que hoy en mi patria ni cebolla tienen.

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