Roberto Delgado, un alma eternamente joven:
«Los músicos siempre tienen hambre»


7 octubre 2016
Por
Merlyn Lossada (@Mlossada)

Roberto Delgado es uno de los músicos panameños más exitosos. Un chiricano de pura cepa que guarda sus premios Grammy bajo la custodia de la bandera de su país y la de su terruño. En su caso, la 'salsa' deja de ser un término gastronómico para convertirse en una exquisitez musical. Ha trabajado junto a los más grandes del género, entre ellos Celia Cruz, Cheo Feliciano, Gilberto Santa Rosa, Ismael Miranda, Andy Montañez, Víctor Manuelle, José Alberto 'El Canario', Cuco Valoy y la lista sigue y sigue. De él, Rubén Blades dijo: «Es uno de los mejores artistas con los que he trabajado. Es excelente músico, excelente arreglista y excelente compañero de trabajo. Su orquesta es una de las mejores bandas con las que he tenido el placer de compartir tarima». Hoy nos habla de su historia, de su arte y de sus gustos y destrezas culinarias

La escena transcurre hace poco menos de 50 años en una provincia del interior de Panamá: en el patio de su casa familiar, un niño presencia atónito cómo una de las gallinas que ha visto crecer desde que rompió el cascarón, y que casi considera una mascota, muere a manos de su abuela para terminar como el ingrediente principal del guiso de ese día. Décadas después, ese niño es ya un artista maduro y consagrado que recorre la misma alfombra roja en Los Ángeles, por la que avanzan Taylor Swift, Ricky Martin, Tony Bennet, Ed Sheeran y otros astros. Como uno más de ellos, Roberto Delgado recibe esa noche otro premio Grammy, pero hasta el día de hoy, no come pollo.

—Debe ser intimidante pararse frente a un auditorio como el de los premios Grammy para agradecer semejante reconocimiento.

—Sentado allí, yo no pensaba en la posibilidad del premio o en las celebridades presentes. Estaba tranquilo y simplemente trataba de gozar del show musical. Lo malo fue que nos dieron un programa de lo que iba a ocurrir y sabíamos el orden en el que se entregaría cada premio.

En nuestra categoría competían artistas tan tremendos como Juan Luis Guerra, Guaco, José Alberto El Canario y Victor Manuelle, cualquiera podía ganar. No preparé palabras. Si esto se da, pensé, seré espontáneo, pero cuando se fue acercando el momento me entró la vaina. —Roberto se ríe reviviendo y expresando abiertamente ante nosotros los nervios que en su momento tuvo que controlar—.

Rubén no estaba y me podía tocar hablar por ambos. Es el premio más grande que se le puede dar a un músico y uno siente el peso de esa responsabilidad. Dijeron nuestro nombre y ¡Áyala!… Bueno, yo subí. Es una experiencia tremenda. Al instante no recordaba ni lo que había dicho. Lo supe después, cuando vi el video.

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Desde siempre, la pasión de Roberto ha sido la música. Intentó otras carreras profesionales, pero no eran lo suyo. Foto: Fabiola Portillo.

—¿Cómo es compartir espacios con gente tan talentosa, ser uno más de ellos?

—Empecé en esto siendo muy niño, para mí era como un juego. Una experiencia y luego otra me han llevado a compartir de manera muy natural con artistas destacados que en muchos casos han terminado siendo compañeros de trabajo y grandes amigos. Son vinculaciones que se han dado en el tiempo de manera fluida.

—¿Cómo germinó tan temprano tu interés por la música?

—Cuando era un niño, a mi mamá le gustaba mucho escuchar los tríos populares de la época y la música me atraía. Casi desde bebé me compraban guitarras de juguete y ya a los 7 años tenía una real. Como todo aquel a quien le gusta la música, yo escuchaba la radio o los discos y consideraba a los artistas como algo fuera de este mundo. Cerraba los ojos, cantaba sus canciones y soñaba con ser uno de los músicos en ese estudio o en esas tarimas. Eran sueños que han terminado convertidos en realidad, y eso me hace sentir alguien muy bendecido. Tuve la suerte de que las personas con las que trabajé y la labor que hice me llevaron por este camino de una manera que ni yo mismo esperaba.

—¿A qué edad subiste a tu primera tarima?

—No había dejado aún la infancia y con frecuencia ganaba algunos de los concursos musicales que hacían las estaciones de radio en Chiriquí. La gente empezó a escuchar de mí y eso llevó a que una banda de músicos adolescentes que se estaba formando, me invitara a tocar con ellos. Se llamaba Alma Joven, era 1972, yo tenía 13 años. Comenzamos a tocar en los Saraos, que eran unos bailes que se hacían los viernes en las tardes en todos los colegios. Llegamos a ser el grupo más popular de Chiriquí.

Allí comenzó todo esto. Los eventos en los que participábamos se hacían cada vez más grandes, ferias y cosas así, en las que solíamos compartir con músicos que venían de Ciudad de Panamá. Muchas veces eran ídolos para mí, como la orquesta de Bush y sus Magníficos, una orquesta tipo sonora, tocaban salsa tradicional, el son de Cuba.

Destacaban porque el resto de las orquestas tocaban la música de los combos nacionales, que era una fusión de música típica —el pindín— y la salsa. Eran muy populares, estaban Los Mozambiques y Los Excelentes de Toty Pino, entre otros. Alternábamos con ellos. Allí conocí extraordinarios músicos panameños que terminaron siendo grandes amigos que me impulsaron a avanzar. El éxito de nuestra banda siempre fue local; nunca dejamos Chiriquí, solo salí de allí cuando mi vocación me llevó a estudiar música.

—Muchos padres se oponen a que sus hijos sigan carreras no tradicionales como la actuación, la cocina o la música. A ti te compraban instrumentos. ¿No tuviste ese problema, cierto?

—La música es una carrera difícil. Hoy más que nunca. No hay oportunidades para todos, hay que luchar mucho y superar grandes obstáculos. Mis padres lo sabían. Al principio, cuando quedó claro que no era un pasatiempo, hubo una resistencia que entiendo, pero siempre me apoyaron. Sin embargo, para apoyarlos yo a ellos, para calmarlos, exploré la Ingeniería Civil. No era lo mío y me fue mal.

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La orquesta de Roberto Delgado da soporte a Rubén Blades y a otros artistas, con arreglos cercanos a los sonidos originales. Foto: Fabiola Portillo.

Luego probé Administración Pública. Me gustan las Matemáticas y allí no me fue mal, pero aún no era lo mío. Mis padres se percataron y me dieron la oportunidad de dedicarme a lo que me gustaba. Me enviaron a estudiar Música en México. Allá la carrera en el conservatorio duraba 10 años, soy impaciente y eso me parecía una eternidad, así que averiguamos una universidad en Los Ángeles que daba Producción Musical, Música Comercial, Arreglos e Ingeniería de Sonido, todo lo que me gustaba a mí.

Terminé mis estudios y me quedé un tiempo en los Estados Unidos, pero pronto supe que aquí se necesitaba gente que hiciera lo que yo había aprendido. Regresé y al mes estaba trabajando como ingeniero en el estudio más grande e importante de Panamá; en esos días, se llamaba Origen. Allí me volví a reunir con muchos de los amigos de aquellos combos nacionales que había conocido, y a muchos otros.

Trabajando en ese lugar comencé también como arreglista, músico, cantante y poco a poco como productor. Fue como una puerta para mí hacia una carrera más amplia. Y allí se inició mi amistad con Rubén Blades.

Un músico enamorado de sus raíces

Roberto Delgado nos atiende en unos espacios que tienen una bella y amplia vista hacia la avenida Balboa y la Cinta Costera de Ciudad de Panamá. Gracias a la tecnología, el lugar es un híbrido entre una oficina y un estudio musical. Hay un bajo colgado en la pared junto a una serie de reconocimientos de todo tipo y una recopilación gráfica de distintos momentos de éxito en su carrera musical. Detrás de él resalta la bandera de Chiriquí entrelazada con la de Panamá.

Roberto armó un equipo de talentos que ha realzado la calidad, en el estudio y los escenarios, de estrellas como Celia Cruz, Cheo Feliciano, Gilberto Santa Rosa, Ismael Miranda, Andy Montañez, Víctor Manuelle, José Alberto El Canario, Cuco Valoy, y la lista sigue y sigue.

Le preguntamos si había vuelto a Chiriquí, si conserva vínculos. Casi salta al responder: «¡Claro! Soy de allá. Crecí en Boquete y ahora tengo una casa en Paso Ancho, Volcán, mis padres aun viven allá. Voy cada vez que puedo». Lo otro que resalta allí son sus premios Grammy. Los más recientes, americano y latino, los ganó con el disco Son de Panamá, donde comparte créditos con su amigo Rubén.

«Nos hicimos amigos desde que coincidimos en ese estudio, pero yo sabía de Rubén Blades desde mucho antes —cuenta—. Cuando yo tocaba en Alma Joven, Rubén tocaba aquí en la capital con un grupo llamado Los Salvajes del Ritmo. Además, él ya era famoso por unos comerciales de televisión de la cerveza Atlas,. Todos lo admirábamos por un estilo que se diferenciaba de lo que se hacía en ese tiempo. Hasta el comercial de la cerveza era particular».

Roberto Delgado y su amigo Rubén Blades

Delgado cuenta que Blades y él siempre tuvieron el interés de hacer música juntos. Fue en 1996 cuando se concretó la grabación de un trabajo hecho 100 % en Panamá, con músicos panameños. Se llamó La rosa de los vientos. Esa producción también ganó el premio Grammy como el mejor disco de música tropical de ese año. «Desde entonces hemos trabajado juntos y además, desde el 2010, somos oficialmente la orquesta que lo acompaña. La más reciente producción, Son de Panamá, es el primero de varios productos nuevos que iremos lanzando».

La orquesta de Roberto Delgado no solo da soporte musical a Rubén Blades en sus giras por el mundo, sino que cuando otros grandes músicos del género vienen a Panamá, su orquesta es una de las llaves predilectas. Roberto armó un equipo de talentos que ha realzado la calidad, en el estudio y los escenarios, de estrellas como Celia Cruz, Cheo Feliciano, Gilberto Santa Rosa, Ismael Miranda, Andy Montañez, Víctor Manuelle, José Alberto El Canario, Cuco Valoy, y la lista sigue y sigue.

—¿Cómo logras la adaptación de tu orquesta al sonido particular de tantos artistas distintos?

—Todo está en los arreglos y en el conocimiento y la experiencia de los músicos que los interpretan. Si viene para acá, por ejemplo, Tito Nieves y trae los arreglos que grabó en Nueva York con Sergio George, con esos arreglos, ensayos y músicos buenos y experimentados, el resultado será un sonido muy cerca de la grabación original. Así se puede lograr que cualquier artista que venga a tocar a Panamá encuentre en nosotros una banda que lo acompañe y suene exactamente como su propia orquesta.

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La fama que ha conseguido no lo ha hecho olvidarse de sus raíces panameñas, esas que siempre lleva adelante. Foto: Fabiola Portillo.

—Con seguridad te debes haber convertido más de una vez en el anfitrión de esos artistas en Panamá. ¿Qué comen? ¿A dónde los llevas? ¿Qué prefieren?

—Eso depende de donde vengan. Si vienen de Latinoamérica, buscan platos típicos panameños, pero los que vienen de Estados Unidos prefieren pescados y mariscos; parece que por aquí son muy buenos. Yo no como de eso así que no sabría decirte dónde están los mejores…

—¿Alergias o no te gustan?

—No soy alérgico, es simplemente que no me gustan esos sabores. No como nada de eso. En un artículo de prensa por ahí decían: «A Roberto Delgado no le gustan las carnes blancas». Y es verdad, no como ni pollo. No sé si será porque vengo del interior y como nosotros teníamos gallinas y esas cosas, yo veía que las mataban, mi abuela las agarraba por el pescuezo y…

Las tragicómicas expresiones y gestos del músico mientras imita a alguien que toma por el cuello a un ave y la centrifuga violentamente en el aire arrancan carcajadas, mientras se cuela una pregunta: ¿eso te traumatizó? «¡Sí! —responde—. Yo veía a las gallinas como mascotas, no me las quería comer. Aún hay gente que me dice “pero pruébalo a ver si te gusta”. No. Yo no soy de experimentar». Niega sacudiendo el dedo índice: «Nah, nah. Conmigo no va eso». Siguen las risas.

—Debes ser fanático de la carne de res. ¿Dónde la comes?

—Sí. Me gusta, pero sé que abusar de eso hace daño, así que me mido. Iba mucho a un restaurante de carnes llamado Los Años Locos. También me gusta la comida mexicana, pero la preparo en casa con la receta original. Eso me quedó de vivir en México y en Los Ángeles. La carne también la hago en casa a la barbacoa. Me gusta el filete porque es suave, pero mi corte preferido es el ribeye, también es suave y la grasa le da mucho sabor. A veces apuesto por la carne nacional, pero aunque se ve chévere en la barbacoa, cuando le metes el cuchillo ¡qué lío! Es dura. También me gusta un lomo relleno que es típico en Chiriquí. Yo lo preparo. No soy ningún chef, pero me gusta cocinar.

«En un artículo de prensa por ahí decían: “A Roberto Delgado no le gustan las carnes blancas”. Y es verdad, no como ni pollo. No sé si será porque vengo del interior y como nosotros teníamos gallinas y esas cosas, yo veía que las mataban, mi abuela las agarraba por el pescuezo y…»

—¿Son buenos cocineros los músicos?

—No que yo sepa —risas—. Lo que preparan los músicos que conozco es lo más simple: espagueti. En casa de Rubén Blades he comido espaguetis y comida peruana —más risas—.

—¿Hechos por él?

—No creo. Espaguetis preparados por ellos mismos  y barbacoas es lo que cocinan la mayoría de los músicos que conozco —se ríe—. Los músicos siempre tienen hambre.

—¿Por qué lo dices?

— ¡Porque mis músicos son una pirañas! Lo que haya en el camerino para comer se esfuma en menos de lo que se persigna un ñato. Además, un concierto de Rubén Blades dura en promedio 3 horas. Pero hemos tocado hasta por casi  5 horas ininterrumpidas. Imagina el gasto de calorías. Al bajar de la tarima, el camerino lo dominan la sed, la necesidad de orinar y el hambre. La comida desaparece.

—¿Qué ocurre con la comida cuando están de gira?

—Eso es un lío tremendo para nosotros. Nos gusta mucho la comida típica de Panamá y cuando estamos en Europa, por ejemplo, nos cuesta hasta desayunar —su tono se torna jocoso de nuevo—. Rubén dio con la salida perfecta cuando dijo: «Aquí lo que hay que hacer es buscar un restaurante chino». El primero que lo ve siempre señala: «¡Un chino!» —saltan las risas—.

—Para cerrar, ¿qué piensa alguien como tú, un artista en uno de los sentidos más tradicionales y estrictos del término, cuando alguien afirma que cocinar es arte?

—Pienso que sí lo es. En la cocina hay arte. Basta con ver la forma en que algunos cocineros combinan y crean sabores, texturas y colores. Cada tipo de arte tiene sus consumidores. Yo no soy un consumidor frecuente de éste, pero sin duda es arte.

Disfruta de los videos:

Discurso de Roberto Delgado en los Grammy 2016.
Orquesta de Bush y sus Magníficos.
Comercial de la cerveza Atlas.

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